Apèndix de la recerca "La utopia de l'oci burgès"

La prohibició del joc #escrit d’opinió

El 12 de juny de 1912 Salvador Canals publicà al diari Mundo Gráfico aquest extens article amb el debat sobre la prohibició del joc a La Rabassada com a rerefons. Canals elaborà un text suggeridor i crític contra governadors i forces policials, deixant clara sempre la seva postura prohibicionista pel que fa al Casino de La Rabassada.

En los alrededores admirables de Barcelona es la Rabassada, sin disputa, el sitio más ameno y pintoresco. Es un paisaje de naturaleza brava y esplendorosa, á muy pocos minutos de una gran ciudad. Esta llega, con su sugestión excitante de muchedumbre afanada, el Tibidabo y á Vallvidrera: á la Rabassada, no. En la Rabassada está
la Naturaleza misma que nos acoge y nos conforta y nos aquieta. Pero el «mundanal ruido» del poeta tiene sobre las multitudes de hoy demasiado ascendiente para que pueda constituir un buen negocio la mera oferta de un rincón de Naturaleza. plácido y ameno, y en busca del negocio llegó á la Rabassada el «mundanal ruido», en forma de Casino ó de Kursaal, con su pacotilla de mujeres pintadas, con sus orquestas y con sus ruleta y sus barajas. Ya porque prevaleciera la idea de los que hace mucho tiempo venían diciendo que «eso» era lo único que le faltaba á Barcelona para convertirse en una gran ciudad de mundial atractivo; ya porque en el régimen de licencia absoluta en que Barcelona ó convalece del terrible ataque de 1909, ó se prepara para otros más graves, ¡vaya usted á saber!, era natural que se llegara á donde se llegó; ya porque la soberanía feudal de Lerroux, que no avergüenza á los ministros del Rey ni á los ciudadanos de Barcelona, lo impusiera, lo cierto es que la Rabassada funcionaba, en su novísimo aspecto, á todo trapo y sin dificultades ni tropiezos, y hasta disfrutaba ya de leyendas de suicidios y tragedias. Mas he aquí que la otra tarde, en el Congreso, un diputado, no se si por amor á la dulce y apacible Rabassada perdida, ó por desamor al triunfador Lerroux, tronó ligeramente contra aquellas cosas, y el mismo Gobierno que sin empacho ha venido consintiéndolas, las ha prohibido con fulminante decisión, y como á ello se respondiera por quien ahora todo lo puede que, ó se tiraba de la manta para todos, ó no se le dejaba á él fuera de ella, la orden ha sido general, y se ha prohibido el juego en toda España hasta que el Sr. Canalejas lo haya sometido á régimen y tributación especiales. Es la segunda ó la tercera vez que el actual Gobierno pone sobre el tapete consabido ese tema de la «Reglamentación» del juego, y sería lo mejor que tampoco ahora pasase el propósito de la categoría de un tema para conversar y de un recurso oratorio para aquietar á los protestantes de ocasión. Y no por razones jurídicas ó morales más ó menos complejas, sino por muy claras y sencillas razones del arte de gobernar á los pueblos. Estatuyendo una disciplina legal para la explotación del juego, no se remediaría ninguno de los males del juego como plaga social y, en cambio, se perderían las ventajas sociales indudables que se derivan de la tolerancia bien administrada por el arbitrio gobernativo, por el arbitrio de gobernantes exclusivamente inspirados en el bien público, que no es el bien absoluto predicado por la ética, sino aquel bien relativo que prácticamente se puede alcanzar en cada momento, y según las circunstancias de la sociedad, la cual se gobierna.

Llamando á las cosas por sus nombres propios, ¿cómo hemos de poner en duda que la tolerancia para el juego es cosa muy distinta respecto del Casino de San Sebastián y
respecto de la Rabassada de Barcelona? Barcelona tiene elementos de vida económica, y aun para atraer forasteros sin necesidad de que se instale en ella un gran garito internacional. San Sebastián y todas las poblaciones similares necesitan para vivir y progresar, de los auxilios de la cagnotte, del estímulo y del fomento que por órgano de ella reciben todas las industrias. Está la sociedad de tal manera que, sin el Casino, San Sebastián se quedaría sin las fiestas que son el menor encanto, sin duda, pero también el mayor atractivo de su veraneo. Salvo los directamente interesados en el negocio, ¿perdería el conjunto de Barcelona algo con la clausura definitiva del Casino de la Rabassada? Dentro de la misma Barcelona, y hablando con igual crudeza, la tolerancia respecto del juego, puede ser en determinados momentos una necesidad de gobierno, poco confesable sin duda en los Parlamentos, pero inexcusable ante la conciencia del gobernante ó la irreprochable ante la historia. Si por deficiencias de la organización policiaca y por relajación del ambiente social, carece la autoridad de medios propios y de instrumentos eficaces para actuar contra todos los peligros y contra todos los males amenazadores, ¿no será una candidez el juntarlos á todos contra la Sociedad y sus constituciones fundamentales, por querer combatirlos todos á un tiempo como si á tanto alcanzaran las fuerzas menguadas del Poder público? Es un mal social, sin duda, el juego, como lo es la prostitución, pero ni ésta ni aquel son, por el momento, un enemigo tan apremiante como el revolucionarismo político y el terrorismo profesional. Las tolerancias que á estos aprovechen, ¿no serán para la sociedad mucho más funestas que las que se guarden á aquellos otros males?
¿Dónde irían á parar estas ventajas de la tolerancia administrada como instrumento de gobierno, no para enriquecer á autoridades y policías sin vergüenza, ni para ayudar á vivir á políticos sin conciencia, sino para servir al supremo interés de la sociedad misma, en cuanto la explotación del juego pasara á ser una industria sometida á leyes y reglamentos que la independizaran del arbitrio gubernativo? Claro que todo eso es delicadísimo, que para manejar eso, como todo lo que es arbitrario, se necesitan buenos gobernantes, llenos de celo y de abnegación por el bien público, á la vez que profundos conocedores de su tiempo y de sus contemporáneos; pero ¿quiere usted decirme, lector, si lo sabe, para qué sirven las mejores leyes ni los mejores reglamentos sin gobernantes de aquellas condiciones? ¡Dígalo el artículo 358 del Código Penal, á pesar del cual se discute tranquilamente en el Parlamento, por gobernantes y legisladores, cómo lo infringen impunemente cuantos lo tienen á bien!

Moneda del Casino de La Rabassada (font: Julius Pereda)

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  1. Retroenllaç: El Casino de l’Arrabassada, un segle entre tu i jo | Punt Collserola

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