Apèndix de la recerca "La utopia de l'oci burgès"

Memòries #1: Un retrat de 1974

Fotografia de Juan José Garrido, 1974

Siempre me ha agradado esta montaña. Parece que su propio nombre, en latín es TIBI-DABO, que significa “Te lo daré”, nos ofrece insospechadas aventuras en cada uno de sus inmensos y recognitos rincones.

Porque desde el deposito de las aguas al final de la carretera de su mismo nombre, pasando por el Sanatorio de Belem y el observatorio Fabra, acabando en Torre Baró, ya divisando el Maresme, pasando por los antiguos lugares de “picnic” que se celebraban en la estación inferior del funicular; es la montaña, la única y erguida testigo que ha contemplado la historia, el crecer, el agonizar y el volver a nacer de nuestra ciudad, Barcelona.

Una amplia carretera serpentea subiendo las faldas de la montaña, a sus orillas salpican multitud de pequeñas edificaciones, algunas terriblemente modernas, otras que son las antiguas residencias de verano de aquellos abuelos de barba blanca que quedan en nuestra memoria, y que ahora, abandonadas con su suave color marrón y acompañadas de aquellos retorcidas farolas modernistas, nos alientan a continuar buscando algo que nosotros mismo no sabemos lo que es.

Llegamos a lo alto del camino. Un cruce que nos puede conducir a lo alto de la montaña, donde antaño se erguía el hotel “La Florida” lugar de autentico reposo, o podemos empezar el descenso hacia Sant Cugat.

Pero al cabo de un par de cientos de metros mas adelante, hallamos el primer vestigio. Viejas edificaciones de una planta, también coloreadas por el tiempo como las anteriores, derrumbadas por el abandono, pero recubiertas de ese misterio de ser más sabias que nosotros.

Fotografia de Juan José Garrido, 1974
Fotografia de Juan José Garrido, 1974

De repente, en una suave loma, ligeramente mas elevada de la carretera se alza una edificación que a primera vista nos parece vulgar y no nos sugiere nada especial. Nos
desviamos por la carretera que lleva a Can Cortes y entonces si podemos leer en lo alto de sus gastadas paredes HOTEL RABASSALET. Ahora es el momento cuando entrevemos por la rendijas de las persianas cerradas, cuando descubrimos los policromados restos de unos azulejos que adornan el jardín , es cuando nuestra imaginación nos confunde con la realidad de aquella dominical mañana. Empezamos a ver personas que salen del portal, con su estupendo traje almidonado, señores que tratan de aparentar dignidad con grandes y puntiagudos mostachos, y que echan bocanadas de humo de su habano; y también a grupos de mujeres que cuchichean entre ellas sentadas alrededor de una mesa de mármol.

Vemos ahora actividad, ruidos de personas bajando las escaleras del hotel. Y de pronto un grito entusiástico de un niño: “¡ Ja ve el tranvía ¡ ¡ Ja ve!”. Si, allí por esa tortuosa carretera que nace de la espesura de los bosques sube penosamente el tranvía de color blanco. Viene de “Can Gomis”, sus pasajeros están alegres, dispuestos a ganar, a divertirse y a pasar algo fuera de lo cotidiano. Han llenado sus estómagos con una copa de aguardiente que les hace olvidar los quejidos del cacharro que, a veces, parece vacilar y dudar entre seguir o quedarse definitivamente parado.

Fotografia de Juan José Garrido, 1974

Por fin llega a una plazoleta, esta pavimentada de ladrillos rojos; primer contraste, el verde de los pinos con el bermellón de los insolentes ladrillos. Se forma un a terrible algarabía, mientras unos opulentos señores descienden penosamente cargados con sus barrigas y la eterna chiquillería que consciente de su poder pide caridad por Dios. La alegría fluye por todas partes, mientras el sol luce. Las señoras son llevadas de la mano a apearse del tranvía que ha quedado exhausto y que su conductor agarra el troley y lo gira para reemprender la marcha hacia Barcelona.

Multitud de paraguas se abren, llenos de encajes preciosos, brillan sus lentejuelas al sol y las largas faldas de ellas hacen que el calor se haga notar.
Cuando vuelve hacia abajo el blanco aparato lleno de arabescos y un letrero que anuncia CR– Can Gomis- La Rabassada, entonces los agitados viajantes se vuelven a sus espaldas y admiran aquel grandioso arco de hierro que se levanta por sus cabezas, piensan, en aquel legitimo orgullo catalán, que nada tienen que envidiar a los parisinos y creen que son capaces de construir con su dinero las mismas torres que construyera Eiffel.

A su izquierda un largo muro por el que transcurre, a lo largo de la carretera innumerables arcos, recordando a los de media herradura, llenos de color, de brillo, de aquella altanería propia; por doquier pequeños detalles festonean la entrada. Dos pequeñas ventanas venden la entradas. Aquí es donde se distinguen por primera vez las clases sociales, a un lado los chicos jóvenes que con un poco de recelo solo desean volar en aquellas enormes montañas rusas que ya oyen trepidar o gastarse algunos céntimos en las atracciones que traídas de tierras francesas deslumbran por sus miles de luces. Al otro lado, los grandes señorones con su reputación cargada de billetes, ellos van directamente al fastuoso comedor donde repondrán fuerzas para su largo día sentado al borde del tapete verde de la ruleta.

Fotografia de Juan José Garrido, 1974

Pero todo aquello es un mundo, centenares de pequeños caminos hacen que esos mismos honorables caballeros puedan distraerse con la mujer de su socio por unos idílicos jardines, y también, como no !, pueden encontrar aquella terrible cámara que nadie conoce donde esta, donde fulanito se despidió de la vida ahogado por su propio vicio de jugador.

De improviso todo se desvanece, vuelve a aparecer el viejo hotel, hermético, misterioso y como perdido con sus propias cavilaciones. Ha sido el anuncio de la nueva civilización la que nos ha vuelto a la realidad, el claxon de un coche que pasaba a toda velocidad.

No sin alguna solemnidad traspasamos el umbral donde habíamos visto entrar a los viajantes, y ante nuestros ojos aparece la más espantosa devastación. Parece que la naturaleza haya querido vengarse de aquel adulterio que sufrió y se ha encargado de destruir minuciosamente todo lo que ha encontrado. Caminamos lentamente y entre la vegetación reconocemos por algunos lugares pedazos de escaleras, de muros, de extrañas ventanas de estilos entremezclados. Ante nosotros se distingue, como orgulloso de su integridad un gran arco, que antaño fue el balcón de la sala del comedor, alto con dos grandes cariátides a cada lado. Cuantas ocasiones, a la luz de las estrellas un joven elegantemente ataviado habría cogido la mano de aquella mujer que amaba, cuantos, también, habrían salido a respirar naturaleza mientras que su pensamiento rumiaba el negocio que acababan de proponerle.

Continuamos y conforme íbamos adentrándonos hallábamos más restos de aquel extraño lugar. Desde luego el mal gusto arquitectónico debía haber reinado en sus pabellones, puesto que se confundían los más distantes estilos. Era como todo, la presuntuosidad de quererlo abarcar todo. Ante nuestro desengaño, sin embargo, empezaron a aparecer peldaños, muros caídos, arcos. No era posible que todo aquel inmenso recinto del que nuestros abuelos nos hablaban se redujese a esto. Es cierto que el tiempo distorsiona las mentes, las cosas, ¿ pero donde estaban aquellos baños ?. ¿ donde estaba el apartado rincón ?.

Fotografia de Juan José Garrido, 1974

Volví al domingo siguiente y ávido de nuevos descubrimientos pase de largo todo lo que anteriormente había visto, hasta que siguiendo el curso de un pequeño sendero topé con un gran matorral de espinos que me obstruía el paso y en cierta manera me decía – no es por aquí – Desazonado y bastante malhumorado por lo poco que el pasado me había querido mostrar, volví sobre mis pasos. Entonces encontré otro camino que conducía hacia una zona que según mis cálculos ya no pertenecía al terreno del casino.

Pero algo había en aquellos árboles. Parecían suspirar, parecían tristes y que habían cobijado a alguien más, y si; allí me encontré con todo lo que yo buscaba, resumido en un solo objeto, significado de aquel romanticismo que tanto me gusta, un solitario banco redondo, cubierto de árboles que le hacían de alero, ese era el rincón que yo había visto en mi sueño, era esa glorieta la que había escuchado aquel hombre con su chaleco de seda que beso tímidamente a su amada, oyendo en la lejanía la música de la noche.

Fotografia de Juan José Garrido, 1974

Animado, continué y me apareció un sencillo banco que por su forma supuse de dos personas. Apoyado en una barandilla llena de herrumbre y de hiedra que seguía por todo lo largo de lo que debía haber sido una terraza, ese banco que sus piezas imitaban a troncos de algún exótico árbol. La vegetación tampoco era usual, extrañas hojas me resguardaban del sol, e incluso puede ver como dos cañas de bambú sobrevivían a los años, desafiando la adversidad del clima. Solitaria apareció una silla, una oxidada silla que era fantástica por su terrible añoranza, falta de una pata parecía llorar su soledad ya abandono, estaba repleta de aquellos detalles en su construcción con que antes ornamentaban. Todavía erguida, como explicándonos que los que pasa no desaparece, simplemente se olvida. Dejada allí desde que el casino cerró sus puertas. Y resultó que aquella silla no era mas que una de las innumerables que debían haber habido, puesto que al final de aquella terraza enterrado prácticamente entre matorrales y plantas había un quiosco, el lugar donde se sirve el té a mitad de tarde y donde los niños corren vigilados estrechamente por las pacientes amas, donde el whisky, el aguardiente y el anís habían sido servidos en las marmóreas tablas de las mesas que guardaban todo su ambiente, todo su recuerdo y ahora me lo mostraban.

Fotografia de Juan José Garrido, 1974

Y buscando en aquel recóndito lugar aun pude encontrar vestigios de aquellas bebidas servidas en la tranquila terraza, sus formas eran recargadas, hasta la sencillez de un tapón querían mostrar su majestuosidad.

El chirriar de la puerta del quiosco me hizo transportar hacia ese tiempo, me hizo sentir elegantemente ataviado portando un bastón de mano, vi a mi alrededor gente que fingía sentir felicidad pero en sus ojos se descubría el vacío de la grandeza, oí voces que llamaban y el andar continuo del camarero acosado por la voz de mando, soñaba con poder un día llegar a tener aquella fortuna, solo con un golpe de ruleta, perder ni podía porque ….. ¡ Que poesía ¡

Dentro de aquellas ruinas, de aquella masacre, de aquellas caída de un imperio, quedaba el ambiente , el perfume, que hacia que aquel lugar fuese diferente, nunca llegaré a saber que ocurrió cual fue el verdadero causante de aquella muerte, si el hombre o la naturaleza, pero todo sigue teniendo ese misterio , esa leyenda mística en la que todo parece callar por miedo a descubrir viejas leyendas, el vuelo de un pájaro me ha hecho volver a la realidad , volver a tener en mi mano un oxidado tapón una de las pocas cosas que aún viven aquí.

Todo me sabia a rancio, comenzaba a escuchar voces, a la eterna rutina de “Hagan juego señores, no va más”, la música de la abúlica orquestina que nadie escucha; voces de las correrías de los niños ataviados con vestidos que los hacen parecer muñecos, llevando un arco en la mano y con la otra secándose las lagrimas de algún berrinche.

Cuando de nuevo cogí el volante de mi coche y antes de arrancar, volví la vista atrás pensé que aunque algún día desaparezca todo absolutamente, allí, en aquel lugar seguirá existiendo un pedazo de historia de Barcelona, un símbolo de aquellas alegres veladas que ahora son fantasmas del presente.

Juan José Garrido
Barcelona año 1974

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