Apèndix de la recerca "La utopia de l'oci burgès"

Memòries

Memòries #2: Una imatge inquietant

Gran Casino de la Rabassada, Catalunya, 1930
Fotografia de Helena Aguilar i Mayans

 


Memòries #1: Un retrat de 1974

Fotografia de Juan José Garrido, 1974

Siempre me ha agradado esta montaña. Parece que su propio nombre, en latín es TIBI-DABO, que significa “Te lo daré”, nos ofrece insospechadas aventuras en cada uno de sus inmensos y recognitos rincones.

Porque desde el deposito de las aguas al final de la carretera de su mismo nombre, pasando por el Sanatorio de Belem y el observatorio Fabra, acabando en Torre Baró, ya divisando el Maresme, pasando por los antiguos lugares de “picnic” que se celebraban en la estación inferior del funicular; es la montaña, la única y erguida testigo que ha contemplado la historia, el crecer, el agonizar y el volver a nacer de nuestra ciudad, Barcelona.

Una amplia carretera serpentea subiendo las faldas de la montaña, a sus orillas salpican multitud de pequeñas edificaciones, algunas terriblemente modernas, otras que son las antiguas residencias de verano de aquellos abuelos de barba blanca que quedan en nuestra memoria, y que ahora, abandonadas con su suave color marrón y acompañadas de aquellos retorcidas farolas modernistas, nos alientan a continuar buscando algo que nosotros mismo no sabemos lo que es.

Llegamos a lo alto del camino. Un cruce que nos puede conducir a lo alto de la montaña, donde antaño se erguía el hotel “La Florida” lugar de autentico reposo, o podemos empezar el descenso hacia Sant Cugat.

Pero al cabo de un par de cientos de metros mas adelante, hallamos el primer vestigio. Viejas edificaciones de una planta, también coloreadas por el tiempo como las anteriores, derrumbadas por el abandono, pero recubiertas de ese misterio de ser más sabias que nosotros.

Fotografia de Juan José Garrido, 1974
Fotografia de Juan José Garrido, 1974

De repente, en una suave loma, ligeramente mas elevada de la carretera se alza una edificación que a primera vista nos parece vulgar y no nos sugiere nada especial. Nos
desviamos por la carretera que lleva a Can Cortes y entonces si podemos leer en lo alto de sus gastadas paredes HOTEL RABASSALET. Ahora es el momento cuando entrevemos por la rendijas de las persianas cerradas, cuando descubrimos los policromados restos de unos azulejos que adornan el jardín , es cuando nuestra imaginación nos confunde con la realidad de aquella dominical mañana. Empezamos a ver personas que salen del portal, con su estupendo traje almidonado, señores que tratan de aparentar dignidad con grandes y puntiagudos mostachos, y que echan bocanadas de humo de su habano; y también a grupos de mujeres que cuchichean entre ellas sentadas alrededor de una mesa de mármol.

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